Tras una encuesta con más de 1.500 participantes el proyecto de ciencia ciudadana abrió una segunda fase cualitativa para debatir, escuchar y contrastar qué entiende la ciudadanía por IA verde, en quién confía para desarrollarla y qué condiciones exige para aceptarla.
La conversación empezó con palabras positivas: rapidez, alivio, ayuda, satisfacción.
Pero a los pocos minutos aparecieron otras: culpa, frustración, dependencia, irreversibilidad.
La IA no se percibe como una herramienta neutral. Se usa porque funciona, pero también genera muchas dudas sobre lo que delegamos, lo que dejamos de ejercitar y lo que no vemos.
La pregunta ya no es si la IA sirve… La pregunta es qué coste tiene usarla.
Una idea que atravesó el inicio de la sesión: la experiencia con la IA depende tanto de la herramienta coo de quien la utiliza.
Quien sabe preguntar, contrastar y supervisar obtiene mejores resultados. Quien no, puede quedar atrapado entre respuestas convincentes, errores invisibles y una falsa sensación de dominio.